martes, 16 de junio de 2015

La sonrisa, del corazón, por favor

Cuando estás llegando al final de una etapa te empiezas a plantear rápidamente tus acciones. Te comienzas a plantear si has tomado las decisiones correctas, y no me refiero a un corte de pelo o a haber estudiado poco para un examen; me refiero a si has tomado las decisiones correctas respecto a alguien.

A veces parece que ya es muy tarde. Muy tarde para hablar y solucionar lo que sea que haya pasado, pero antes tampoco podías; las palabras se te quedaban en la garganta como si de un trozo de comida se tratara y necesitases la maniobra heimlich. Ahora, en cambio, solo piensas en debería..., debería haber contestado..., debería haber hecho algo de una manera distinta...

Pero ya no sabes cómo cambiarlo; por lo que decides poner tu mejor sonrisa y volver a levantarte, elegir ese pintalabios rojo con el que sientes que puedes con todo, aunque solo sea una fachada. Vuelves a sonreír porque en algún momento, esa sonrisa forzada se convertirá de nuevo en esa sonrisa genuina que te gustaba ver en el espejo y que vieran cuando te cruzabas con cualquiera.

Finalmente, esa máscara que confería a tu mirada un toque dramático que adorabas porque convertía el color de tus ojos en la atracción al final capaz de iluminar la tristeza del mundo. Porque al final del día, lo único que quieres es que como decía Blossom: 
«los malos rollos siempre se van». 

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